Una boda no nace de un solo día; nace de un camino recorrido, de dos historias que se encuentran y deciden caminar juntas. Es alegría, pero también vértigo; es fe y es duda. Es elegir a la misma persona todos los días, incluso cuando la vida trae tormentas y cuando el futuro todavía no tiene forma.

Una boda no es solo un anillo, ni un vestido, ni una iglesia hermosa; no es únicamente la música, la decoración o la celebración. Todo eso pasa. Lo que queda es la decisión: amar con respeto, sostenerse en la caída, celebrar los logros y agradecer las bendiciones que Dios concede a quienes deciden caminar bajo su guía.
Una boda es un acto profundo de compromiso. Es aceptar la responsabilidad de ser familia, de dar vida, de continuar el ciclo que Dios confió al amor. Porque la familia es la base de todo: es donde nacen los valores, las costumbres y la forma en que aprendemos a amar.

Hoy dejamos atrás al rebelde sin causa y damos un paso consciente hacia una nueva etapa: ser esposo y esposa, y dar origen a una nueva unión, la familia Valdivieso Saavedra Acosta Díaz. Nada de esto habría sido posible sin Dios, sin nuestros padres que nos dieron la vida y sin ustedes, amigos y compañeros de camino, que han sido testigos de esta historia.

Y si algo he aprendido en este proceso, es que para dar este paso no basta con ser un hombre: hay que tener a la mejor mujer del mundo. Estas palabras no buscan explicar el amor, solo honrarlo. Este es apenas el inicio de un nuevo estilo de vida, y con humildad y convicción doy mi palabra de honrarlo como esposo, como padre, como hijo y como todo aquello que la vida me permita llegar a ser.
Javier Valdivieso
Camino al “sí”
